"Esto es más difícil que un tramo del París - Dakar", refunfuña Marcos, mientras sujeta la silla de ruedas con abuelo a cuestas que circula a los tumbos por la castigada caminería de la Plaza Belgrano. Es un atardecer cualquiera de verano, y la soledad de la plaza sólo es interrumpida por familiares de pacientes del Hospital Padilla y por los lavadores de coches que desde hace años han hecho nido sobre la Bernabé Araóz.
Sólo la espléndida y añeja arboleda reluce en el paseo, ubicado en uno de los espacios más pintorescos de la ciudad, con su trazado irregular que no respeta las clásicas manzanas, sus pasajes y la vía. En contraste, a tres cuadras de distancia, la plaza San Martín ha sido "tomada" por vecinos de todas las edades que caminan, corren, toman mate o juegan al ajedrez en alguna de las tantas mesas instaladas en el paseo. Otra placita aledaña, la Rivadavia, al lado del Hospital de Niños, muestra el mismo pulso. Dice la leyenda que un "karma" de la plaza Belgrano es su vecindad con el Padilla, situación que genera transeúntes desaprensivos, que sólo ocupan el paseo por obligación, y no por afán de entretenimiento. Sin embargo, el historial de las últimas décadas de la urbanización de las ciudades latinoamericanas muestra ejemplos exitosos de espacios que fueron recuperados de la más absoluta marginalidad con intervenciones urbanas pensadas desde una perspectiva sociocultural.
Como se sabe, el 24 de septiembre próximo se cumplen doscientos años de la batalla de Tucumán, la gesta en la que el ejército belgraniano logra frenar el avance de las tropas realistas sobre el territorio de las Provincias Unidas. Carlos Páez de la Torre (h) suele recordar que los argentinos todavía no hemos tomado debida nota sobre la importancia de ese episodio en el proceso independentista.
Precisamente por eso es destacable una de las iniciativas que se había fijado la Municipalidad capitalina para este año, y que es la puesta en valor de la plaza Belgrano; una plaza que no sólo conforma con la San Martín el único pulmón verde que tienen a mano los vecinos del barrio Sur, sino que es referencia del Tucumán histórico. Sin embargo, pese a los anuncios, para septiembre de 2012 falta muy poco tiempo. Y la plaza Belgrano todavía espera.
Pero en el barrio Sur no sólo la plaza Belgrano espera. En verdad, toda esa barriada está en riesgo, sometida a una avanzada inmobiliaria que está dejando morir bajo la piqueta las viviendas unifamiliares que fueron su sello de identidad, y ante la cual el Estado no está operando como árbitro. En el presente, el Barrio Sur es un laboratorio con final abierto de las tensiones entre el mercado y la ciudad sustentable, con edificios en altura que "invaden" cual Gran Hermano los viejos patios de las casas bajas y que amenazan con hacer estallar las redes de servicios. Coinciden distintos expertos en urbanismo consultados por LA GACETA en que urge definir qué ciudad queremos, pautando criterios de densificación (la ciudad está creciendo menos de lo que se pensaba, con los cual, en teoría, se necesitarán menos edificios en altura) y la exigencia de garantizar espacios verdes. En el barrio Sur, la inminencia del final de obra del Abasto también establece un alerta sobre cómo se gestionarán los espacios que rodean al megaemprendimiento, y que son, en su mayoría, casas bajas. Hace un mes, no ya el Estado, sino vecinos interesados en el patrimonio, lograron, con su movilización frenar -por ahora- la demolición de la "Casa Sucar". No se sabe por ahora cuál será el final; lo que sí se observa es que gracias a esa participación ciudadana, el Estado se ha visto obligado a ejercer el rol de árbitro que no siempre parece dispuesto a ejercer.